No ha pasado mucho tiempo desde que un gran periódico del país, en sus páginas de brillo y de colores, hablaba de un puñado de mujeres triunfadoras, sobresalientes en aquello que quisieron y supieron hacer. No eran muchas, aunque nos da por pensar que debe de haber más mujeres triunfadoras pero que no caben todas en los artículos de color de los grandes periódicos del país.
Ya en ello, hemos pensado en todas las mujeres que no triunfaron, en las de vida gris y sueldo bajo, en las fracasaditas, en las que ni soñaron con triunfar y prefirieron esperar a que lo hicieran sus hijas, quizá las que aparecían en el gran artículo coloreado. (Ya hemos plantado otro olivo para que no las olviden.)
Y ya se sabe, una vez que nos ponemos a pensar no tiene la cosa remedio y así es como llegamos a la diferencia, a la bendita diferencia, a la cosa de que hay mujeres que triunfan, hay mujeres que fracasan, las hay enormes y las hay pequeñitas, las hay también que están deprimidas y quieren morir, las hay felices y quieren vivir eternamente, las hay listas y las hay más listas aún, lo que no hay, lo mires por donde lo mires, es dos mujeres iguales, gracias a al señor aquel y, tal vez, a ellas mismas. Loado sea Dios.