Y las peatonales olvidaron el camino de las bicis, y las bicis se olvidaron de salir, y la carga y la descarga, no sabiendo dónde hacerse, marchó ya camino del rio Oja. Y luego multaron a los peatones que ya no sabían por dónde cruzar, y todo se volvió confuso, y, aún así, había dinero y, no sabiendo qué hacer con él, se estrangularon aún más las vías llenas de objetos innombrables por donde no cabía ni un peatón, ni una bici, ni un alma, y pena daba ver la ciudad tal y como iba quedando.
Pero lo más complicado a la hora de entender la idea que debía estar detrás de todo aquello era que, al matar calles, grandes vías y alamedas, se hubieran olvidado del camino de las bicis, el que recorrería tan lindamente la Gran Vía, goi ta bera, o las lloradas calles Ercilla, Revilla, Ledesma o Correo…
Quizá todo esto nos va ocurriendo porque los estraguladores de rúas y callejas no tienen bicicleta, no tienen coche ni camión, y no viven ni en Bilbao, la Joven ni en Bilbao, la Vieja. Quizá.