Pero, nos dirás, si el brezo es una plantita inofensiva y silvestre. Bien, te contestaremos, eso parece, pero no es.
Imagina que un pielrosa llega a un lugar que le gusta y se lo quiere quedar, o a otro que le gusta también pero que no puede quedarse así de fácil. Entonces empieza a plantar brezo color de muffin por todas las campas vacías que encuentra. Cuarto y mitad de brezo con una nube de cardo es la proporción precisa. Después hace correr el rumor de que el alma del pais se quedó en el brezo, de que cualquiera que atente contra una simple ramita de brezo está en contra del progreso y de la identidad patria del pueblo; así, cada vez que alguien quiere hacerse una casa o plantar un olivo o crear una empresa, los enardecidos patriotas del brezo color de mora arremeten contra él con todo el poder del estado de los derechos del brezomora. Y así van pasando los años y la gente que vivía en aquel país, que al principio estaba vivo y era boscoso y verde y ahora es acampado y rosa y muerto, tiene que irse a vivir a algún otro lugar en el que la vida no se identifique claramente con nada que otro pueda llegar y plantar. Todo es brezo ahora en el país sagrado, ya no queda nada más que la identidad jugando con el viento del norte.
Y nos dirás que todo esto es un cuento, y te diremos que sí, que es un cuento, pero si quieres ver el resultado de la acción de los pielesrosas y su brezo no tienes más que visitar el desierto de Escottia, al norte de L’On D’On. Allí todo es color muffin y vacío. Como si hubiera caído una bomba atómica. Por eso cada vez que salimos del desván a dar un paseo y encontramos una ladera de montaña sagrada que, repentinamente, aparece del color de la mora, nos entra un terror sagrado, es el llamado terror del brezo considerado como arma letal.
En cualquier caso, alguien que sepa hablar goidélico debiera explicarles a los escottiarras que el brezo es una planta africana.